¿Comunicadores o manipuladores?

“La mejor publicidad del gobierno es hacer las cosas bien, servir al país y mejorar nuestras condiciones de vida”

Estas aplicaciones ofrecen a los usuarios funciones de chat de grupo, lo que tiene un impacto positivo en el bienestar psicológico (AP).
Recientemente, el liderato del Partido Nuevo Progresista anunció, con la fanfarria de una gran faena, la reactivación de un grupo de “comunicadores”. Esto merece reflexión y análisis.

Con la proliferación de redes sociales se ha multiplicado la confusión y manipulación como herramienta política y gubernamental. En algunos casos, incluso, persecución contra la oposición política o cívica no partidista. Es una herramienta que utilizó Donald Trump para exacerbar su electorado. Al punto que produjo un intento de golpe de Estado el 6 de enero en el Capitolio estadounidense, algo no visto en ese país desde la Guerra Civil.

Por otro lado, en estos momentos de crisis salubrista, han sido “comunicadores” los que han establecido una narrativa contra la ciencia y el mejor interés general negando el COVID-19 y la necesidad de la vacunación.

Pero no hay que ir lejos, basta recordar las comunicaciones del infame “chat” bajo la administración de Ricardo Rosselló. En ese “chat”, desde la seguridad de una “privacidad” y el ambiente de fraternidad, altos funcionarios del gobierno incurrieron en intercambios de mensajes que se burlaban del físico de personas, estimulaban la persecución política contra opositores, daban rienda suelta a su homofobia y daban información sobre contratos y política pública con personas que no eran funcionarios gubernamentales. Nunca podemos olvidar la burla sobre las muertes a causa del huracán María. Escribieron: “¿No tenemos algún cadáver para alimentar nuestros cuervos?”

En el contexto de las comunicaciones, en ese “chat” se hablaba de cómo manipular medios, mensaje y opinión. Se jactaban de que le tomaban el pelo hasta a sus propios seguidores. “Cogemos de pen… hasta a los nuestros”, leía la expresión del exgobernador.

Por eso, no se debe ver como una buena noticia la reactivación de “comunicadores”. Creo que hay estadistas serios, trabajadores que, aunque puedo discrepar en términos de estatus político, son personas que, como yo, no coinciden con estas prácticas de terrorismo mediático. Utilizo la palabra terrorismo, porque de eso es lo que se trata.

La estrategia detrás de esta faena es crear temor, profundizar prejuicios y, como consecuencia, aterrorizar a personas para que actúen a base de miedo, no de conocimiento. Esto no es un fenómeno nuevo.

Cuando Poncio Pilato preguntó al pueblo: “¿A quién quieren que les suelte: a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo?”, los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a las multitudes que pidieran a Barrabás y que dieran muerte a Jesús. La diferencia en nuestros tiempos es que los accesos a medios de comunicación ofrecen una caja de resonancia para mensajes que distorsionan la realidad, establecen narrativas convenientes y perpetúan prejuicios y miedos de manera más asequible.

Pienso, por otra parte, que tenemos un pueblo más educado y que conoce el propósito de estas artimañas. El país está más consciente de esos métodos de manipulación. Lo creo, porque el resultado del “chat” provocó una movilización sin precedente del pueblo para desahuciar a un gobernante de Fortaleza. En el pasado proceso electoral, además, el país rompió con la mala costumbre de votar por costumbre.

Como dijo Thomas Jefferson: “El precio de la libertad es la eterna vigilancia”. Debemos estar vigilantes ante los intentos de manipulación coordinada desde estructuras políticas y gubernamentales. Particularmente, cuando esas estrategias se pretenden esconder tras el argumento de “dar información” sobre asuntos del gobierno. La mejor publicidad del gobierno es hacer las cosas bien, servir al país y mejorar nuestras condiciones de vida. Cuando un gobierno tiene que establecer Oficinas de Comunicaciones (léase propaganda) y establecer un grupo de “comunicadores”, es una admisión de fracaso y bancarrota política. El conocimiento es poder. ¡Juzgue usted!